Como saben (o no) soy entusiasta de la comida callejera. A una cuadra de mi casa está el humilde puestesillo de una señora donde vende quesadillas con su familia. Llegan todas las noches a eso de las nueve y se van como a la una de la mañana. Hace unos dos años que llegaron y siempre hay chingos de gente.
Debido por supuesto a su apretadísima agenda, El Maestro no había tenido tiempo de probarlas, pero como siempre había gente, definitivamente eran las mejores del universo explorado.
Tres meses atrás iba en mi carro muriendo de hambre como a las once de la noche. Le mandé un puto guasap a los viejos y confiables tacos al pastor, pero me dejaron en seen. Ardido por su desprecio busqué el número de las quesadillas. Y ellas sí contestaron.
Cuando llegué había treinta personas (las conté). Con trabajos aparté a la multitud y le pedí a un chico dos quesadillas de carne y una de chicharrón. El chico de tez luchona anotó mis exigencias y me dijo "hdodhiioweh ahorita"; como no manejo el dialecto de Jorge Campos, interpreté lo que dijo a mi conveniencia "ahorita sale su orden. Qué bárbaro qué guapo es" había dicho... seguramente. Huí de la multitud y me camuflé con una caseta telefónica mientras esperaba mi cena.
Pasaron quince minutos y aún no tenía mis malditas quesadillas. Me acerqué a preguntar cuánto más tardarían, esta vez me atendió la señora. Me dijo que ya no había de carne. Eso era lo que trataba de decirme el chico luchón. Como tenía más hambre que un comunicólogo, pedí dos de queso y ya. Eso era fácil. Le pones queso a la tortilla, la calientas y listo.
Esperé otros quince minutos. Ni una quesadilla.
Volví a preguntar, esta vez molesto, "ya salen, joven, tenemos mucha gente, ya no tardan". La gente que también esperaba su cena tuvo el honor de que posara mis ojos sobre sus vulgares personas solo para notar que muy pocos estaban comiendo. Los clientes llegaban y llegaban, pero salían cuatro quesadillas cada veinte minutos.
Decidí quedarme un poco más, aunque eran tan lentos como el avance en vías principales en el DF, con lluvia y en viernes de quincena, seguramente eran deliciosas. Valdría la pena.
Cuarenta minutos colmaron mi paciencia y reclamé.
Me las dieron de mala gana y cada una costó veinticuatro pesos. Una pinche tortilla con queso veinticuatro pesos. Me largué de ahí maldiciendo a todos pero aún esperando que fueran deliciosas.
Eran horribles.
Las quesadillas más equis que he probado, hasta las que hago con una mugrosa tortillina Tía Rosa quedan más chidas.
Hay mucha gente todo el tiempo no porque sean buenas, sino porque tardan milenios en hacerlas, así muchos llegan y se acumulan, el resto no se va porque, como yo, piensan que son ambrosía de Dioses.
Y pues qué vergas con esta maldita vieja estúpida y su puestesillo.
Eso pasó hace mucho pero lo recordé porque hoy pasé en bici cuando regresaba de casa de La Novia y vi la misma situación.
Hice una petición en change.org para que se detenga la venta de estas quesadillas y dejen de timar al indefenso consumidor. ¿Creen que puedan ayudarme a reunir cinco millones de firmas?
Debido por supuesto a su apretadísima agenda, El Maestro no había tenido tiempo de probarlas, pero como siempre había gente, definitivamente eran las mejores del universo explorado.
Tres meses atrás iba en mi carro muriendo de hambre como a las once de la noche. Le mandé un puto guasap a los viejos y confiables tacos al pastor, pero me dejaron en seen. Ardido por su desprecio busqué el número de las quesadillas. Y ellas sí contestaron.
Cuando llegué había treinta personas (las conté). Con trabajos aparté a la multitud y le pedí a un chico dos quesadillas de carne y una de chicharrón. El chico de tez luchona anotó mis exigencias y me dijo "hdodhiioweh ahorita"; como no manejo el dialecto de Jorge Campos, interpreté lo que dijo a mi conveniencia "ahorita sale su orden. Qué bárbaro qué guapo es" había dicho... seguramente. Huí de la multitud y me camuflé con una caseta telefónica mientras esperaba mi cena.
Pasaron quince minutos y aún no tenía mis malditas quesadillas. Me acerqué a preguntar cuánto más tardarían, esta vez me atendió la señora. Me dijo que ya no había de carne. Eso era lo que trataba de decirme el chico luchón. Como tenía más hambre que un comunicólogo, pedí dos de queso y ya. Eso era fácil. Le pones queso a la tortilla, la calientas y listo.
Esperé otros quince minutos. Ni una quesadilla.
Volví a preguntar, esta vez molesto, "ya salen, joven, tenemos mucha gente, ya no tardan". La gente que también esperaba su cena tuvo el honor de que posara mis ojos sobre sus vulgares personas solo para notar que muy pocos estaban comiendo. Los clientes llegaban y llegaban, pero salían cuatro quesadillas cada veinte minutos.
Decidí quedarme un poco más, aunque eran tan lentos como el avance en vías principales en el DF, con lluvia y en viernes de quincena, seguramente eran deliciosas. Valdría la pena.
Cuarenta minutos colmaron mi paciencia y reclamé.
Me las dieron de mala gana y cada una costó veinticuatro pesos. Una pinche tortilla con queso veinticuatro pesos. Me largué de ahí maldiciendo a todos pero aún esperando que fueran deliciosas.
Eran horribles.
Las quesadillas más equis que he probado, hasta las que hago con una mugrosa tortillina Tía Rosa quedan más chidas.
Hay mucha gente todo el tiempo no porque sean buenas, sino porque tardan milenios en hacerlas, así muchos llegan y se acumulan, el resto no se va porque, como yo, piensan que son ambrosía de Dioses.
Y pues qué vergas con esta maldita vieja estúpida y su puestesillo.
Eso pasó hace mucho pero lo recordé porque hoy pasé en bici cuando regresaba de casa de La Novia y vi la misma situación.
Hice una petición en change.org para que se detenga la venta de estas quesadillas y dejen de timar al indefenso consumidor. ¿Creen que puedan ayudarme a reunir cinco millones de firmas?
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